Cuencos Tibetanos. Afinando nuestro instrumento, el cuerpo

Este fin de semana tuvimos la oportunidad de participar en un curso de cuencos tibetanos y diapasones impartido por Juan Ma Anmak, músico de formación y estudioso del sonido y la vibración. Nos enseñó a afinar nuestro cuerpo a través de estos instrumentos mágicos. Fue una experiencia que nos sorprendió por la profundidad de sus contenidos y por la forma en que logró entrelazar tradición, música, física, percepción y consciencia.

Como Brujas del Caribe, una científica y una financiera, solemos acercarnos a estos temas con una mezcla de curiosidad, apertura y pensamiento crítico. Nos interesan las tradiciones ancestrales, pero también nos gusta preguntarnos qué parte de ellas puede dialogar con el conocimiento actual y ciencia.

Y quizá esa fue una de las cosas más interesantes que surgieron durante el curso:

Desde la antigüedad, filósofos y sabios han intuido que el universo posee una naturaleza profundamente vibratoria.

Pitágoras, además de matemático, utilizaba la música como herramienta para armonizar el cuerpo y el alma. Siglos después, Johannes Kepler desarrolló su famosa teoría de la Música de las Esferas, según la cual los movimientos de los planetas podían entenderse como una gran sinfonía cósmica.

La idea puede parecer poética, pero sigue fascinándonos hoy.

De hecho, la NASA ha registrado oscilaciones electromagnéticas procedentes de distintos planetas y las ha transformado en sonidos audibles para el oído humano mediante procesos de sonificación. No son sonidos en el sentido tradicional, el espacio es prácticamente un vacío, pero permiten escuchar las vibraciones y movimientos del cosmos de una manera sorprendente.

https://ciencia.nasa.gov/universo/un-proyecto-de-la-nasa-asigna-sonidos-datos-desde-el-espacio/

Quizá los antiguos no estaban tan alejados de algo fundamental:

vivimos en un universo de vibraciones.

Somos seres sonoros

Antes incluso de nacer ya vivimos rodeados de sonido. Escuchamos el latido del corazón materno, el flujo de los líquidos y las voces que llegan amortiguadas desde el exterior. Nuestro corazón tiene ritmo. Nuestra respiración tiene ritmo. Nuestro cerebro genera patrones eléctricos que pueden medirse. Nuestra voz es vibración convertida en sonido.

Desde esta perspectiva, somos mucho más que observadores del sonido: somos parte de él.

La medicina y el poder del sonido

A menudo asociamos el sonido únicamente con la música o la comunicación, pero la medicina lleva décadas utilizando ondas sonoras de manera extraordinaria. Las ecografías permiten observar el interior del cuerpo mediante ultrasonidos. La litotricia utiliza ondas acústicas para fragmentar cálculos renales sin necesidad de cirugía. Nuevas tecnologías emplean ultrasonidos focalizados para tratar determinadas patologías y continúan desarrollándose aplicaciones terapéuticas basadas en vibraciones. El sonido, por tanto, no es solamente una experiencia estética. También puede convertirse en una herramienta tecnológica y médica.

La sonoterapia: más allá de escuchar

La sonoterapia propone una visión más amplia.

No se trata únicamente de escuchar sonidos. Se trata de experimentarlos, de sentirlos, de dejar que la vibración atraviese el cuerpo. Uno de los conceptos que más se trabajó durante el curso fue la diferencia entre la psicoacústica y la vibroacústica.

La psicoacústica estudia cómo los sonidos afectan nuestra mente, nuestras emociones y nuestro sistema nervioso. Numerosas investigaciones muestran que determinados sonidos pueden influir en nuestro estado de relajación, nuestra respiración, nuestro ritmo cardíaco e incluso en ciertos patrones de actividad cerebral.

La vibroacústica, por otro lado, nos recuerda que el sonido también puede sentirse físicamente. No solo escuchamos una vibración. La percibimos y la sentimos en los huesos, en los músculos, en el pecho, en el abdomen. Todo nuestro cuerpo participa.

¿La enfermedad es una disonancia?

Muchas tradiciones de sanación sonora consideran que la enfermedad aparece cuando perdemos la armonía. No necesariamente en un sentido médico, sino como una pérdida de equilibrio entre cuerpo, mente y espíritu. La medicina moderna explica las enfermedades a través de múltiples factores biológicos, genéticos, ambientales y psicológicos. Sin embargo, la imagen de la disonancia sigue siendo poderosa.

Todos hemos experimentado momentos en los que nos sentimos "desafinados". Agotados. Desconectados. Fragmentados. Y también hemos experimentado momentos de profunda coherencia interior. Momentos en los que todo parece estar en su lugar. Tal vez por eso la metáfora de la armonía sigue teniendo tanta fuerza.

Afinar nuestro instrumento

Aprendimos técnicas para hacer cantar los cuencos, para percutirlos, para trabajar con diferentes tamaños y tonalidades, para combinar cuencos y diapasones, para acompañar procesos meditativos y favorecer estados de descanso profundo.

Pero quizá el aprendizaje más importante fue en el que Juan Ma insistió varias veces:

El sonido por sí solo no hace el trabajo. La presencia sí. La escucha sí. La consciencia sí.

Quizá el verdadero poder de un cuenco no reside únicamente en la frecuencia que emite, sino en la capacidad que tiene para invitarnos a detenernos. A respirar. A sentir. A escucharnos.

En un mundo saturado de ruido, estímulos y prisas, tal vez la verdadera medicina sea recordar que seguimos siendo instrumentos vivos. Y que, como cualquier instrumento, de vez en cuando necesitamos volver a afinarnos.

Si quieres saber más sobre Juan Ma Anmak y su trabajo, visita: https://www.anmakmusic.com/

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Del otro lado del velo me llegan señales a través de las velas